Cada 24 de febrero, el cielo se viste de verde, blanco y rojo. El Día de la Bandera no es solo una fecha más en el calendario cívico; es un momento...
Cada 24 de febrero, el cielo se viste de verde, blanco y rojo. El Día de la Bandera no es solo una fecha más en el calendario cívico; es un momento de profunda reflexión sobre nuestra identidad, nuestra historia y los valores que nos unen como nación. Pero, ¿dónde comenzó esta tradición y por qué sigue latiendo tan fuerte en el corazón de los ciudadanos?
El origen de una celebración histórica
La historia de esta conmemoración se remonta al año 1934, cuando se aprobó la primera legislación sobre los símbolos patrios. Sin embargo, fue hasta 1940 que el entonces presidente Lázaro Cárdenas del Río oficializó el 24 de febrero como el Día de la Bandera. La fecha no fue elegida al azar: conmemora la proclamación del Plan de Iguala en 1821, momento clave en el que Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero unieron sus fuerzas bajo la bandera del Ejército Trigarante, marcando el inicio del fin de la lucha de Independencia.
Más que colores: La importancia de nuestro símbolo
Nuestra bandera es mucho más que un pedazo de tela ondeando al viento; es el reflejo de nuestra soberanía. Cada color cuenta una parte de nuestra historia: el verde simboliza la esperanza del pueblo en el destino de su raza, el blanco representa la unidad y la pureza de los ideales, y el rojo es un tributo a la sangre derramada por los héroes que nos dieron patria. En el centro, el imponente escudo nacional con el águila devorando una serpiente nos recuerda nuestras raíces prehispánicas y la fundación de Tenochtitlan.
¿Cómo vivimos hoy esta fiesta cívica?
En la actualidad, la celebración se vive en dos frentes que convergen en un mismo sentimiento de orgullo. Por parte de las instituciones gubernamentales y militares, el día comienza desde temprano con el izamiento de la bandera a toda asta. Los honores al lábaro patrio, acompañados del Himno Nacional, se realizan en plazas públicas, destacando la ceremonia oficial que tradicionalmente encabeza el Ejecutivo.
Por otro lado, la ciudadanía y las instituciones educativas juegan un papel fundamental. En las escuelas de todo el país, las escoltas infantiles y juveniles marchan con solemnidad, enseñando a las nuevas generaciones el respeto por nuestros símbolos. Muchos ciudadanos aprovechan para colocar banderas en sus casas, autos o negocios, demostrando que el patriotismo no solo es un deber cívico, sino una emoción compartida que nos recuerda que, ante cualquier adversidad, siempre estamos cobijados por los mismos colores.